Por Thomas Kleine-Brockhoff
Sólo Alemania puede salvar a la eurozona. Por lo tanto, es obligación de Alemania hacerlo. Ése es el estribillo que se escucha en todo el mundo. Para quienes no son alemanes, cada vez resulta más difícil entender por qué el país germano no se está moviendo para detener la crisis causada por la deuda. La acción coordinada de los bancos centrales del mundo que se reunieron hace unos días para fortalecer los préstamos globales, sirvió para subrayar la necesidad de tomar medidas urgentes en Europa.
El ministro de Relaciones Exteriores polaco Radoslaw Sikorski, quien considera que el continente está "al borde de un precipicio", hizo un dramático llamado para que Berlín asuma el liderazgo: "El temor que le tengo al poderío alemán es menor que el que estoy empezando a sentir por la inactividad alemana".
Nadie pensaba que se volvería a escuchar un llamado mundial para que Alemania ejerciera su poder. Y los alemanes apenas se están dando cuenta del hecho de que ahora son vistos como la "potencia imprescindible" de Europa, como escribió el historiador Timothy Garton Ash. Tan grave es la crisis de la moneda común, que representa el tercer momento en los últimos 100 años –después de 1914 y 1939– que Alemania determina unilateralmente el destino de Europa. Ésa es la historia que pesa sobre la acción o inacción alemana.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania Occidental quería, más que cualquier otra cosa, despojarse de su condición de paria. Se ganó el respeto que tanto codiciaba por ser un país "adherente", y no un líder. Durante años, la República Federal de Alemania fue un socio invisible y fiable; simplemente, logró retos o contribuyó a la acción colectiva.
Encabezar la operación a gran escala de soluciones para los problemas internacionales es un concepto que murió en los campos de batalla de la guerra. El liderazgo continental o mundial no es algo que los alemanes de la posguerra hayan aprendido –o aspirado– a ejercer.
La reunificación de Alemania cambió la ecuación en un hecho que se hizo cada vez más evidente dos décadas después. Cuando Rusia y más tarde Estados Unidos se desentendieron del continente, dejaron un vacío, justo en el momento en que Alemania estaba dejando de ser el "hombre enfermo de Europa" para transformarse en el "centro neurálgico de Europa". Una combinación de espíritu empresarial, astutas estrategias de negocio y las reformas económicas impulsaron su remonte.
Hoy en día, la población de Alemania y su economía son un tercio más grandes que las de Francia, segunda potencia del continente europeo. Este éxito ha provocado que la nación germana sea llamada a convertirse en el caballero blanco en medio de la crisis.



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